jueves, 29 de diciembre de 2022

La lengua europea común - Fragmento 8

 

1.5 Las edades de Europa


Cabe decir algo más acerca del sistema u organismo europeo descrito antes como compuesto por 730 millones de personas vinculadas entre sí por un ethos o una intersubjetividad común. Ello nos puede servir para hacer notar más explícitamente que las acciones encaminadas a la unidad de los europeos no consisten tanto en la inauguración de esa unidad como en el reforzamiento de una unidad subyacente. La unidad buscada para los europeos existe ya, en potencia, en el organismo Europa, de otro modo su planteamiento sería mucho menos convincente.

   Respecto a Europa se ha dicho a veces que existe el peligro de que los árboles no nos dejen ver el bosque. Es decir, que la diversidad aparente no nos deje ver la unidad subyacente, lo que puede movernos al escepticismo en relación con cualquier proyecto o iniciativa que tenga como objetivo primordial la unidad europea. Engañada por el espejismo de las naciones y de las múltiples lenguas, nuestra percepción puede presentarnos una Europa con la forma de un puzle de piezas obligadas a encajar entre sí. Es necesario, si hemos de creer que podemos dejar atrás los peligros y los problemas que origina la fragmentación entre los europeos, superar esta percepción radicalmente pluralista para poder vislumbrar lo que hay de común entre todas las comunidades, pueblos o gentes de Europa. Y si es necesario es porque esa unidad semioculta es la que debe sustentar cualquier proyecto de integración que se proponga elevar la fraternidad y la solidaridad entre los europeos para que se sientan como un solo pueblo, de otro modo, todo proyecto en tal sentido sería como un castillo de naipes sustentado en el vacío.

   El reconocimiento de la unidad entre los europeos puede conseguirse a través de una perspectiva sincrónica y una perspectiva diacrónica. La primera encontraría tantos motivos culturales comunes que postularía, acerca de los europeos, que forman una sola civilización que, por avatares históricos varios, se han agrupado en parcelas políticas y lingüísticas en competencia unas con otras. Baste elegir, para demostrarlo, una corriente arquitectónica especialmente emblemática de Europa. Las catedrales medievales tachonan la geografía europea y en cada lugar son diferentes, pero enseguida se observan unas soluciones constructivas comunes, una iconografía común, un mismo sentido del espacio, de la luz, etc. En definitiva, responden a una única corriente arquitectónica, la del arte gótico. Las catedrales góticas son como las puntas emergentes de un mismo iceberg. Desde la superficie vemos espigones esbeltos emergiendo por encima del mar, cuyas semejanzas exteriores ya anuncian una suerte de esencia común a todos ellos. Una percepción más profunda confirma esa sospecha, pues revela que todos los espigones forman parte de un mismo bloque helado que habita bajo la superficie; es decir, que todas las catedrales europeas responden a un mismo universo cultural y religioso. Lo mismo puede decirse de otras manifestaciones artísticas que pueden considerarse variaciones de temas comunes (Jáuregui, 2000). 

   En otro orden de cosas, más profundo, la perspectiva sincrónica encuentra similitudes de capital importancia que vuelven a hablar de una unidad subyacente. La democracia es un concepto genuinamente europeo y común a todas las naciones del continente, pero con manifestaciones diferentes. Los derechos humanos también son un imperativo categórico para todos los pueblos europeos, aunque se manifiesten en legislaciones diferentes. La separación entre la religión y el Estado; el punto de vista racional; el espíritu científico; las concepciones sobre el arte, sobre el lugar del hombre en la naturaleza y muchas otras dimensiones del universo mental del ser humano, comunes a todos los europeos, atestiguan un acervo común para todos ellos.

   La perspectiva diacrónica se serviría del análisis histórico, y aquí también una percepción superficial podría conducir a resultados equivocados que podrían llegar a confundir los fotogramas con la película. En un cinematógrafo, lo real son los fotogramas, mientras que la película es una mera ilusión óptica motivada por la rápida sucesión de los mismos ante nuestros ojos. Pero en nuestro ejemplo es justo lo contrario: lo real es la película, el relato histórico en sí y todo su contenido, mientras que los fotogramas son las porciones de esa película que nosotros extrapolamos y analizamos separadamente. 

   Si nos ocupamos de la historia de Europa, indefectiblemente esta empieza con Grecia hace casi 3000 años, pero el modo en que nos aproximamos a dicha historia hace que seleccionemos los fotogramas correspondientes a Grecia y la estudiemos por separado del conjunto. Ello puede hacernos olvidar el hilo argumental de la película que estamos viendo, provocando que pensemos que la civilización griega es algo separado de Europa. Nada más lejos de la realidad: en los tiempos de la Grecia clásica, Europa ya existía porque Europa era Grecia o Grecia era Europa. Europa como concepto cultural, como cosmovisión, como intersubjetividad, como mentalidad, como arte, como ciencia, como razón en pugna o alianza con la religión, ya existía cuando los niños atenienses estudiaban a Homero, cuando Platón redactaba su República, cuando la biblioteca de Alejandría bullía de actividad intelectual. La estructura genética de Europa, por decirlo así, apareció en Grecia, y luego se fue alimentando con las contribuciones romanas, cristianas, germanas, eslavas, etc. No hay discontinuidad entre nosotros y el mundo griego; nosotros mismos somos griegosnota 10, como diría Shelley, y la percepción de esa continuidad, que a la postre conlleva el descubrimiento de la unidad europea subyacente a lo largo de estos tres milenios, puede verse amenazada por un modelo de aproximación basado en el estudio discreto de la historia, en la selección de fotogramas artificiales de la película global, en la consideración de Grecia como una civilización separada y anterior a la europea.

   La clasificación del tiempo histórico, si bien necesaria para aproximarse a su estudio de una forma accesible, ha de cuidarse de no establecer discontinuidades abruptas que den lugar a percepciones erróneas, como la de olvidar que Europa nace con Grecia y que, por tanto, la civilización europea (su cultura, su arte, su filosofía, su ciencia y su espíritunota 11) ha existido sobre este mundo durante casi tres milenios. Y si puede hablarse de una civilización tan longeva, es obvio que ha de tener en su haber un acervo que la diferencie de otras, que represente un ethos particular o que constituya el grado de cohesión suficiente entre todas las partes de su geografía como para poder catalogarla como una civilización y no como un grupo de civilizaciones inconexas y bien diferenciadas.

   Con la intención de tener presente esa continuidad histórica, nos parece oportuno sustituir el modelo tradicional que separa la historia de Europa en Edad Antigua, Edad Media, Edad Moderna y Edad Contemporánea por otro modelo provisional, el de las tres edades de Europa, que enunciamos como sigue:

—Primera Edad de Europa: Comenzaría después del hundimiento del mundo micénico, con la Grecia arcaica, hacia el siglo VIII a. C. Acabaría con la caída del Imperio romano de Occidente, entorno al año 476 d. C.nota 12;

—Segunda Edad de Europa: Abarcaría desde la caída del Imperio romano de Occidente hasta el inicio de la Ilustración y la Revolución Industrial en el siglo XVIII. Coincide pues con la Edad Media y la Edad Moderna, que consideramos oportuno englobar en una sola edad.nota 13;

—Tercera Edad de Europa: Comenzaría con la Ilustración y la Revolución Industrial en el siglo XVIII y llegaría hasta nuestros días. Coincidiría entonces con la Edad Contemporánea.

   Con este modelo se hace patente en todo momento que estamos hablando, aun cuando el estudio se centre en Grecia o Roma, de Europa, pues los siglos que abarcaron la construcción del mapa genético europeo por parte de griegos y romanos abarcan la totalidad de la Primera Edad de Europa. El modelo también evita la connotación valorativa de antigua, media, etc. La conocida como Edad Antigua, y que nosotros llamamos Primera Edad, no es ciertamente «antigua», pues la mayor parte de nuestra arquitectura mental (que incluye la democracia, el derecho, el humanismo, el espíritu científico, la hegemonía de la razón, el léxico, etc.) arranca en esa etapa de nuestra historia y sigue plenamente vigente, no habiendo sido superada salvo en la forma, que no en su esencia. Primera, Segunda, Tercera, etc. son ordinales que expresan la sucesión del tiempo histórico y están exentos de cualquier juicio valorativo. Por último, este modelo evita el problema de tener que inventar nuevas denominaciones para las próximas edades o el de tener que estirar indefinidamente la Edad Contemporánea.

   Una mínima caracterización de las tres edades establece enseguida la vigencia en nuestros días de la Primera Edad de Europa, vigencia tan notoria que afecta a todas las dimensiones y atributos de nuestras identidades individuales y colectivas. Grecia y Roma volvieron una y otra vez, de manera recurrente, a lo largo de la Segunda y la Tercera Edad, por lo que, en justicia, no se puede decir que desaparecieran. Teniendo esto en mente, estamos más facultados para decir que Europa, tanto desde una perspectiva sincrónica como desde una perspectiva diacrónica, se caracteriza por poseer un patrimonio cultural compartido que ha ido evolucionando a lo largo de toda la historia del continente, sin que el actual espejismo de las nacionalidades, de las lenguas y de la riqueza desigualmente repartida pueda amenazar un corpus cultural común de casi 3000 años de edad. Sobre ese corpus cultural compartido puede construirse la unidad de Europa.


Notas:

10 «Todos somos griegos. Nuestras leyes, nuestra literatura, nuestra religión, nuestras artes tienen sus raíces en Grecia. Si no hubiera sido por Grecia, Roma, la maestra, la metrópolis, la conquistadora de nuestros antepasados no habría esparcido la luz con sus armas y ahora podríamos ser salvajes o idólatras. P. B. Shelley» (Gómez, 2011, p. 5).Volver al texto

11 En su obra El descubrimiento del espíritu: estudios sobre la génesis del pensamiento europeo en los griegos (Snell, 2007), B. Snell rastrea los orígenes griegos de la distinción entre cuerpo y alma, del pensamiento lógico y del concepto de individualidad, todos ellos constituyentes básicos de nosotros, como individuos, y piedras angulares de la civilización europea.Volver al texto

12 En principio excluimos de la historia de Europa, propiamente dicha, a la civilización minoica y la civilización micénica, precedentes de la griega, por considerarlas demasiado orientales, todavía ajenas a ese universo de las polis arcaicas en las que se inició la racionalidad occidental. No obstante, téngase en cuenta que las primeras grandes obras de la literatura europea, las de Homero, sitúan sus acontecimientos en esa Grecia legendaria de héroes, batallas y dioses anterior a las polis. Las espadas de bronce que sitiaron a Troya hace más de 3000 años fueron espadas micénicas. La épica europea nace a partir de aquellos hechos, que fueron tenidos por legendarios hasta el desenterramiento de las ruinas de Troya en 1871 por parte de Schliemann, dando visos de realidad a la leyenda.Volver al texto

13 A nuestro entender, tanto la caída del Imperio romano de Occidente como el siglo XVIII, con la Ilustración y la Revolución Industrial, representan dos verdaderos cambios de ciclo en la historia de Europa, mientras que la diferencia entre Edad Media y Renacimiento es menos abrupta. Con la decadencia de Roma se produce un colapso de todo un mundo cultural, religioso y político que nunca desaparecería, pero pasaría a existir, en cierta medida, en estado de latencia, por debajo de la nueva religión importada de Oriente, pero de desarrollo europeo: el cristianismo. Por su parte, el siglo XVIII se caracteriza por una eclosión de la racionalidad, de origen griego, la cual, hasta ese momento, constreñida por la hegemonía de la religión, había sido un gen con cierto carácter recesivo, no dominante. Esa racionalidad afectó a todos los órdenes de la vida humana y, en su vertiente científico-técnica, explica la Revolución Industrial, que cambiaría la faz de la Tierra. Entre la Edad Media y el Renacimiento, como decimos, aunque en este último también se produjo una eclosión de motivos grecolatinos, no hay una discontinuidad tan evidente. En el Renacimiento el arte vio resurgir a Grecia y Roma, pero el mundo de la razón se hallaba todavía sojuzgado por la religión y demasiados sabios fueron censurados o quemados en la hoguera, en la peor tradición medieval. Por todo ello, consideramos el periodo entre la caída de Roma y el siglo XVIII como una sola edad, la Segunda Edad de Europa.Volver al texto



Citación sugerida: Molina Molina, José Antonio (2022): La lengua europea común (Círculo Rojo, 2022).
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