jueves, 9 de marzo de 2023

La lengua europea común - Fragmento 13

 2.3 El problema del multilingüismo


En relación con los efectos negativos que para la unidad de los europeos representa la amplia diversidad lingüística del continente, cabe preguntarse si dichos efectos son superables o no. Si no lo son, entonces hemos acabado con nuestro recorrido y no hay nada que hacer. Si son evitables, hay que preguntarse por la estrategia más adecuada, es decir, la más racional, la más ética y la más susceptible de consenso que pueda conducir a la paliación de esos efectos negativos. Naturalmente, bajo este marco de racionalidad y ética, no puede proponerse, como solución al multilingüismo europeo, su abolición. Una actitud tan insensata derivaría en un proceso de inaudita violencia homogeneizadora, similar a la promovida, en lo político, por los viejos imperios del continente. 

   Si hubo alguna vez en Europa lenguas francas, como la koiné helenística o el latín romano, fue por la preeminencia de una metrópoli dominante que, a través de su poderío naval, militar, económico, etc. instauraba unos modelos de vida uniformes y acordes con sus demandas, incluyendo en esos modelos su lengua. Estas lenguas «imperialistas» se caracterizan por ser la expresión, en el terreno lingüístico, de lo que sus hablantes originarios fueron en el campo político, de manera que se extienden barriendo una pluralidad idiomática previa e imponiéndose como lenguas únicas. Nuestros días tienen también sus propias lenguas imperialistas, como son el inglés y, previsiblemente, el chino. Pero en nuestra Europa actual la divisa de la «diversidad» no es solo una palabra caprichosa, sino un imperativo categórico. El respeto de la libertad, de la igualdad, de los valores democráticos, del derecho, etc. impiden por sí solos cualquier agresión a las señas de identidad de los pueblos europeos, lo que incluye, por supuesto, la más determinante y evidente de dichas señas: la lengua. 

   Nos parece obvio, por tanto, que no es sensata ni racional una solución que pase por la abolición de la diversidad lingüística europea y trate de convencer a 730 millones de europeos para que renuncien a sus lenguas maternas en favor de una única lengua. Tal solución, como hemos dicho, atenta contra todos los principios europeos, que derivan de nuestra aspiración misma del «nunca más», y si se aduce que, efectivamente, constituye una solución al multilingüismo, es fácil responder que, aparte de ser una solución insensata, no es la mejor solución, porque ni siquiera es práctica. De proponerse una locura semejante jamás tendría la aprobación de los pueblos europeos. Ningún pueblo aceptaría que su lengua materna, la lengua de su pensamiento, de su cultura, de sus padres, pasara a convertirse en una lengua muerta solo porque algunos políticos o algunos intelectuales europeístas postulen la conveniencia de una lengua única para Europa. 

   En el caso, imposible en nuestra opinión, de que los dirigentes europeos llegaran a imponer algo así a los ciudadanos, y que estos transigieran, se iniciaría un debate interminable para elegir la lengua que habría de abolir a todas las demás. Unos abogarían por el inglés, favoreciendo la concepción de Europa como provincia del imperio económico anglosajón. Otros abogarían por resucitar el latín, bajo el empeño delirante de querer resucitar una lengua muerta para matar las lenguas vivas de 730 millones de personas. En caso de que se superara toda controversia y se eligiera finalmente una lengua, tendría que iniciarse a continuación un proceso de sustitución de las lenguas nativas por esa lengua única, que duraría decenios, hasta conseguir un continente monolingüe. Es evidente el empobrecimiento cultural que ello supondría. Europa tendría el honor de ser un vasto cementerio de lenguas tras sacrificar una riqueza cultural y lingüística de incalculable valor. Nos parece obvio que ese no es el camino correcto para la superación de las dificultades que derivan del multilingüismo europeo. Hemos insistido repetidamente en la necesidad de hacer las preguntas pertinentes y destacamos ahora también la obligación de elaborar las respuestas correctas para no incurrir en contradicciones ni en graves insensateces, las cuales derivan, generalmente, de una mala praxis de la ética discursiva.

   Podemos afirmar pues, con rotundidad, que la superación de los problemas que causa la diversidad lingüística no pasa por la abolición de la misma, pues ello no solo va en contra de todos los principios europeos, sino que no es una buena solución desde el punto de vista racional, ético y práctico y encontraría una gigantesca, lógica y legítima oposición a lo largo y a lo ancho del continente. Así pues, como principio inviolable, debemos decir que la solución buscada debe garantizar, como principio vinculante, el respeto por la diversidad lingüística existente. Es claro entonces que los esfuerzos siguientes deben ir encaminados en la dirección de indagar acerca de cómo superar el carácter divisor de la variedad idiomática, pero respetándola a toda costa. 

   Hasta ahora, la actitud mayoritaria de cuantos han trabajado por la unidad europea parece ser la de afirmar que no se puede, es decir, que la diversidad lingüística conlleva unos problemas que son inevitables y contra los que no se puede tomar ninguna medida resolutiva. La Unión Europea, la más manifiesta expresión política de las aspiraciones de libertad, paz, seguridad, prosperidad, etc. en Europa y la que está llevando a cabo el proceso de integración, admite como oficiales todas las lenguas de los Estados miembros y reconoce el principio de respeto por la diversidad lingüística, así como la igualdad de todas las lenguas. Pero en la práctica, por razones logísticas, es obvio que tanto dentro de las instituciones como entre ellas tiene que decantarse por el uso de unas pocas lenguas de trabajo, como veremos en apartados siguientes. 

   Asumir que todas las lenguas son iguales, pero que por razones operativas solo unas pocas tienen presencia verdadera en el ámbito institucional, mientras que las otras se ven infrarrepresentadas, no es abordar el problema con determinación, como tampoco lo es la recomendación, a los ciudadanos europeos, de que dominen al menos dos lenguas diferentes de la suya. Es obvio que la mayoría de los europeos carecen de los recursos, de los medios, del tiempo y aún de la voluntad para dominar a la perfección una lengua extranjera. Se requieren años de estudio y consagración, y la mayoría de los europeos tienen problemas más urgentes que abordar, como conseguir un empleo digno, una vivienda, un nivel de vida medio, etc. La carga económica y de sacrificio personal asociada con el aprendizaje de otra lengua solo es asumible si se entiende como una imposición de cara a tener mejores oportunidades en el mundo laboral, por ejemplo, pero es una ingenuidad suponer que un europeo medio, solo por una romántica inclinación europeísta, llevará a cabo el inmenso sacrificio que supone aprender dos lenguas extranjeras solo porque los dirigentes europeos, hidalgos autoproclamados del europeísmo, no han encontrado una solución mejor para mejorar la cohesión de una sociedad multilingüe. Además, no se les puede pedir a los ciudadanos un esfuerzo que ni siquiera hacen sus representantes, los políticos, que se encuentran obligados a usar servicios de interpretación simultánea cada vez que se reúnen para tomar decisiones en entornos comunitarios, porque ni siquiera ellos, los legítimos representantes democráticos de la ciudadanía, son capaces de dominar con la soltura necesaria una lengua diferente de la suya.

   Parece claro que la actitud mayoritaria acerca de los problemas que origina el multilingüismo ha sido la resignación. La diversidad lingüística se enarbola como uno de los tesoros de Europa, y lo es ciertamente, pero no abordar con decisión los problemas que conlleva significa adscribirse a la actitud soterrada de considerar a estos como irresolubles. El camino a la unidad europea requiere de medidas audaces e innovadoras, fruto del coraje de llevar el esfuerzo discursivo hasta sus últimas consecuencias, sin detenerse en estados intermedios solo porque aparentemente un problema aparece a la vista como irresoluble. Ante nosotros se despliega la diversidad lingüística como un factor que se percibe como divisorio y separatista, impidiendo que los europeos se conciban como un solo pueblo. Un camino del todo inaceptable, como hemos visto, es proponer como solución la unificación lingüística de Europa. Otro camino, que en verdad no es camino, sino pura inoperancia, como también hemos señalado, es la resignación de aceptar el estado actual de las cosas, aduciendo que el multilingüismo presenta problemas irresolubles. ¿No hay ningún otro camino? Nos parece obvio que sí lo hay.



Citación sugerida: Molina Molina, José Antonio (2022): La lengua europea común (Círculo Rojo, 2022).
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jueves, 2 de marzo de 2023

La lengua europea común - Fragmento 12



   No obstante lo cual, hay que decir que una mayoría de europeos se adscribirían, en su noción de sí mismos, al calificativo de laicos, como laicos son también los Estados, algo que puede considerarse implícito en la intersubjetividad europea. Independientemente de que el cristianismo y sus valores formen parte de dicha intersubjetividad, lo mismo que las catedrales góticas forman parte del paisaje arquitectónico europeo, un elevado porcentaje de europeos no vive bajo los designios de ninguna doctrina y solo esporádicamente, por motivos de tradición, se acercan a lo religioso en determinados actos sociales. Lo mismo que la ética cristiana se encuentra asimilada en la intersubjetividad europea, sin que ello implique que sea un decisivo catalizador de la misma, también hay que decir que la no injerencia de los temas religiosos en los asuntos de Estado es una característica básica de lo europeo. Por ello, los artífices de la unidad europea, lo mismo que deben estar vigilantes frente a fuerzas centrífugas perniciosas como los movimientos xenófobos, han de estarlo también frente a todo grupo de corte religioso, sea su factura cristiana o musulmana, que atente contra el principio de libertad religiosa y de laicidad del Estado. La unidad europea se conseguirá potenciando las bases de la intersubjetividad europea que se relacionan con la razón, la libertad, la tolerancia, etc., y no socavando dichas bases con posturas u opiniones más propias de la Europa preilustrada.

  La variedad cultural europea tampoco es un factor claro de división. El mismo proceso de globalización hace que no haya muchas diferencias entre un europeo y un canadiense, por ejemplo. Cada región de Europa tiene sus particularidades, sus usos y costumbres, que acaban formando parte indisoluble de la propia identidad. Pero, sobre todo en las nuevas generaciones, una cada vez mayor movilidad por motivos de estudio, de trabajo y de ocio, y una red de comunicaciones mucho más densa que en tiempos pretéritos ha conllevado que los particularismos, si alguna vez fueron usados como motivos de separación, estén dejando de serlo. Los europeos no dejarán de considerarse como un único pueblo solo porque sus hábitos culinarios puedan ser diferentes, o porque los europeos del sur trasnochen mientras que los del norte se vayan antes a la cama, o porque unos vean condicionada su vida por duros inviernos mientras que otros viven bajo temperaturas más agradables. Todas las variaciones climáticas y geográficas, así como todas las tradiciones heredadas de las generaciones anteriores, con toda su carga de folclore y localismo, no reflejan en sí mismas sino una pluralidad inocua que en nada participa en la división de los europeos, a menos que explícitamente algún desaprensivo la utilice para exaltar el orgullo y alimentar un particularismo narcisista.

  Deliberadamente hemos dejado para el final el ámbito que nos parece, a día de hoy, la mayor expresión de la diversidad europea, y precisamente por ser la mayor expresión es, también, la que más se presta a ser tomada por división, la que más impide que los europeos se perciban a sí mismos como un solo pueblo. 

   Por todo lo dicho hasta ahora parece que dos europeos, tomados al azar, a ser posible con una gran distancia entre sus lugares de nacimiento, no experimentarían ninguna sensación de extrañeza mutua solo por tener nacionalidades diferentes. Tampoco el hecho de que procesaran distintas religiones, lo cual es algo no aparente a simple vista, constituiría un obstáculo para su interrelación. Algo que sí es aparente sería el color de la piel. Aunque el azar probablemente habría seleccionado a dos individuos de piel clara debido a la mayor abundancia del grupo étnico con esa cualidad en el continente, de tener uno de los individuos ancestros africanos y ser, por tanto, de tez oscura, no por ello ambos individuos considerarían sus distintos pigmentos de piel como un obstáculo para su interacción como personas civilizadas. El hecho de que uno acostumbrara a tomar el té a una hora fija y el otro a dormir la siesta, de que uno viviera junto al mar y otro en el interior, o de que tuvieran conceptos diferentes acerca del invierno —blanco y nevado para uno, y seco y suave para el otro— no significaría tampoco que ambos estuvieran abocados a rechazarse como extraños o a que no pudieran sentirse como miembros de una misma comunidad. 

   El verdadero hecho diferenciador, frente al cual todos los anteriores son más bien superfluos e insignificantes, podría ser el idioma. Muy probablemente, estos dos europeos elegidos al azar tendrían lenguas nativas diferentes. Muy probablemente, también, ninguno de los dos dominaría la lengua del otro o ninguno de los dos dominaría una tercera y misma lengua para ambos con absoluta soltura. De pertenecer ambos a rangos de edad bien determinados —ancianos o niños— posiblemente no serían capaces de comunicarse más que en sus respectivas lenguas nativas; los ancianos porque no gozaron de un sistema educativo como el actual, y los niños y jóvenes porque aún no habrían tenido tiempo de aprender otra lengua. De ser dos individuos jóvenes o de mediana edad, tal vez la educación básica, otros estudios avanzados o el trabajo les hubiera provisto de ciertas competencias comunicativas en una lengua diferente de las suyas, pero aun así parece bastante acertada la afirmación de que estos dos europeos no serían capaces de comunicarse con fluidez. 

  Aun cuando ambos dijeran dominar una lengua franca común, como el inglés, la competencia comunicativa entre los dos no sería nunca la misma que la que tendrían al hablar con personas de su misma lengua. De repetirse el experimento un número incontable de veces, pensamos que en la mayoría de las ocasiones los dos elegidos tendrían serias dificultades para tener una conversación fluida. Las más de las veces tendrían que ayudarse de la mímica o de recursos extralingüísticos, y su interacción estaría marcada por una evidente incompetencia comunicativa. En algunos casos extremos no podrían compartir ni una sola palabra que fuera inteligible, simultáneamente, para ambos. Y en el otro extremo, si los elegidos fueran personas de alto nivel académico y hubieran dedicado años a estudiar una lengua extranjera, y coincidieran en la misma, podrían comunicarse, ciertamente, pero nunca lo harían con la soltura y la convicción que conseguirían expresándose en su propia lengua materna. Salvo en casos muy puntuales, en que los elegidos fueran personas perfectamente bilingües y conocieran a la perfección un mismo idioma común, lo cierto es que el experimento demostraría, pensamos, que de dos europeos elegidos al azar, la cualidad que más dificultaría una interacción comunicativa competente entre ambos sería su pertenencia a comunidades lingüísticasnota 6distintas. 

  El multilingüismo europeo, entonces, es lo que más dificulta que los europeos se perciban a sí mismos como un solo pueblo. Si entre dos personas no está garantizado el ejercicio de la capacidad más básica —y más genuinamente humana— necesaria para el entendimiento y la interacción social, es decir, la comunicación lingüística, ¿cómo podrá esperarse que esas dos personas se sientan pertenecientes a un solo pueblo? ¿Cómo evitar que esas personas no se vean entre sí con extrañeza, por grande que sea el respeto mutuo, la afinidad cultural, la cercanía geográfica, la influencia de una memoria histórica común, y por intensa que sea la adscripción de ambas a una misma intersubjetividad? 

   Constituye un despropósito plantear la lucha por una unidad europea y una fraternidad continental sin tener en cuenta que los europeos ni siquiera son capaces de comunicarse entre sí, es decir, sin tener en cuenta que dos europeos elegidos al azar se ven obligados a hacer malabarismos para entenderse, porque lo que escuchan del otro viene a ser lo mismo que un balbuceo ininteligible. No puede establecerse, con propiedad y seriedad, que existe una identidad europea si la más elemental de las interacciones humanas —la lingüística— ni siquiera está garantizada entre dos europeos cualesquiera. Es poco razonable suponer que dos europeos puedan experimentar una sensación de intensa afinidad y puedan ver materializarse en sus vidas la intersubjetividad de la que son partícipes, según la postulación de los académicos, si cualquiera de ellos encontraría igual de difícil comunicarse con un europeo que con un chino. Si tan grande, tan importante y tan necesaria es nuestra aspiración hacia la unidad de los europeos, cabe que nos preguntemos por qué no se ha abordado con seriedad y determinación el problema que, a día de hoy, y en nuestra opinión, es lo que más los separa.

  Podemos colegir entonces que la diversidad lingüística europea es lo que más dificulta que los europeos se sientan como un solo pueblo. Otros que, en el camino hacia la unidad europea, hayan recorrido un sendero diferente habrán hecho otras preguntas y obtenido otras respuestas. Nosotros hemos acordado que Europa se compone de europeos, es decir, de personas vinculadas por una misma intersubjetividad «europea», y no de naciones. Unir a Europa entonces no es unir naciones, sino unir europeos. Para unir a los europeos hay que clarificar medianamente lo que más los une —que hemos denotado como un ethos o una intersubjetividad específica— y lo que más los separa, que, en nuestra opinión, es la diversidad lingüística del continente. Ocurre que lo primero, lo que los une, es algo bastante sutil y solo puede aludirse a ello con tecnicismos (ethos, intersubjetividad…), mientras que lo que los separa es algo más que evidente, pues la incapacidad para comunicarse lingüísticamente con fluidez no es solo palpable, sino un factor que impide la interacción humana más elemental. 


Notas:
6 Una comunidad lingüística es «un grupo de personas que conforma una sociedad en la que se comparte una misma lengua» (Yánez, 2007, p. 80). Esa definición es suficiente para nuestros propósitos, aunque en sociolingüística la noción de «comunidad lingüística» presenta algunos problemas y está sujeta a una diversidad de opiniones, y se apunta el peligro de que un término de la sociolingüística como este se confunda o se asimile con nociones de índole política o ideológica (Álvarez, 2006, p. 68).Volver al texto



Citación sugerida: Molina Molina, José Antonio (2022): La lengua europea común (Círculo Rojo, 2022).
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